1/18/2018

María Jimena Duzán: Píldoras Contra la Moralina

María Jimena Duzán
Como hombre público, el expresidente Álvaro Uribe, está en mora de explicarles a quienes sí fuimos víctimas de esa guerra muchos de los episodios oscuros de su larga y misteriosa vida política.
Apropósito de la alta dosis de moralina que exudan los trinos del expresidente Uribe y sus adiestradas huestes; de su intención constante por sacar a relucir su superioridad moral como gran luchador contra el narcotráfico con el sambenito de que es el presidente que más ha extraditado narcotraficantes a Estados Unidos –dato que tampoco es cierto–
A propósito de esta imagen de adalid de lucha contra la droga que ha querido forjarse Uribe, sería oportuno, como diría Turbay Ayala, reducir la moralina del expresidente a sus justas proporciones. Eso es lo mínimo que podemos hacer en memoria de los verdaderos adalides de la lucha contra el narcotráfico entre los que, desde luego, no se encuentra el expresidente Álvaro Uribe, así intente ahora decir que fue amigo personal de Luis Carlos Galán y de Guillermo Cano –otra de las tantas mentiras que ha querido imponer el expresidente en su deseo de forjarse su imagen de gladiador contra el poder del narcotráfico–.
Quienes libramos la dura batalla contra el poder de Pablo Escobar desde la redacción de El Espectador bajo la batuta de Guillermo Cano, una guerra infame y desproporcionada que a muchos periodistas nos cambió la vida para siempre, nunca vimos ni supimos que Álvaro Uribe hubiera jugado un papel decisivo a la hora de enfrentar a Pablo Escobar en Antioquia como sí lo hicieron muchos políticos, varios de los cuales fueron asesinados por el capo.
En diciembre de 1989, en plena guerra contra Pablo Escobar y días después de que un bombazo destruyó las instalaciones de El Espectador, el presidente Barco, de manera valiente, decidió hundir la reforma política que había presentado en el Congreso por culpa de un mico que le habían colgado los narcotraficantes, que pretendía sepultar la extradición de nacionales sometiéndola a un referendo. (La extradición en ese instante no tenía apoyo en la opinión nacional porque muchos colombianos la consideraban la culpable de las bombas que ponía Escobar en los centros comerciales).
La reforma con el mico a cuestas había pasado ya por la Comisión Primera de la Cámara, por la plenaria y por la Comisión Primera del Senado. Como bien lo ha recordado el exfiscal Alfonso Gómez Méndez en su columna, cuando la reforma iba a ser aprobada por la plenaria del Senado, Barco prefirió hundirla antes que ceder a la presión de los narcotraficantes. Dentro de los senadores que no se opusieron al mico estaba Álvaro Uribe.
Expresidente Álvaro Uribe Velez
En el documento de la inteligencia militar del Departamento de Defensa de Estados Unidos (DIA), fechado en septiembre de 1991 que hace poco fue objeto de una columna de El Espectador de Yohir Akerman, el nombre del expresidente Álvaro Uribe está reseñado en una lista de narcotraficantes de la época. Uribe aparece acompañado de nombres como el de Popeye, su aliado en la campaña por el No, y de una cantidad de traficantes que en su mayoría están muertos o extraditados: el Mexicano, Pablo Escobar, varios de los sicarios que integraban el grupo de seguridad del temible capo y algunos nombres de guerrilleros del ELN con vínculos con el narcotráfico.
Uribe aparece reseñado como un senador que “colaboraba para el cartel de Medellín en altos niveles del gobierno”. Dice también que se le vinculó a un negocio que tenía relación con operaciones de narcotráfico en Estados Unidos y que su padre fue asesinado en Colombia por su conexión con los traficantes de narcóticos. Se afirma que el expresidente Uribe era amigo personal de Pablo Escobar y que fue uno de los políticos que desde el Senado criticó el tratado de extradición.
Los pocos uribistas que se han referido a este documento –el expresidente no lo ha hecho nunca– no niegan su autenticidad, pero dicen que carece de valor probatorio porque nunca se investigó si los que aparecen en esa lista eran o no narcotraficantes.
Si es cierto como dicen los uribistas que este documento no tiene ninguna validez probatoria, 30 años después de escrito, su contenido refleja un conocimiento muy agudo de lo que sucedía ese momento en Colombia cuando el país casi sucumbe ante el poder de Pablo Escobar.
Yo le reconozco al expresidente Uribe muchas cosas, así nunca haya votado por él. Su pasión con que concibe la política y su habilidad para conectarse con el colombiano del común. Cómo no reconocer que la desmovilización de las AUC, pese a los problemas que tuvo, redujo considerablemente los índices de la violencia en el país, y le reconozco incluso que su decisión por “acabar con la culebra de las Farc” cambió la correlación de fuerzas a favor del Estado, hecho que le permitió a Juan Manuel Santos hacer un acuerdo de paz con las Farc.

Pero no le reconozco ningún aporte en la lucha contra el narcotráfico, ni contra Pablo Escobar, ni contra los carteles. Y creo que como hombre público está en mora de explicarles a quienes sí fuimos víctimas de esa guerra muchos de los episodios oscuros de su larga y misteriosa vida política. Sobre todo, ahora que anda comandando sus huestes en la cruzada de la moralina, graduando a quienes vemos un gran avance en el desarme de las Farc de aliados del terrorismo y del narcotráfico. - Por: María Jimena Duzán – Semana.com - Opinión - 17 – 01 - 2018
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La Sangre Derramada Que No Debe Olvidarse en las Presidenciales

Joaquín Robles Zabala 
Con la llegada de Uribe a la Casa de Nariño, recordaba Cecilia Orozco Tascón en su última columna de 'El Espectador', empezó el soborno a periodistas de medios importantes para que hicieran el trabajo sucio: crear noticias falsas.
Más allá de los criterios “reciente” y “novedoso”, estimados por los medios de comunicación al publicar un hecho, están otros valores noticiosos que John Fiske subraya en su libro Introducción al estudio de la comunicación (1984). Uno de estos tiene que ver con lo sorprendente del acontecimiento, otro enfatiza sobre su impacto negativo en la sociedad y, por último, su afectación a una personalidad de la elite. Fiske resalta otro criterio que nos indica que la balanza noticiosa nunca es equilibrada: los valores culturales que inserta el mito. Y aunque los modelos con los que ilustra su estudio fueron tomados de la prensa inglesa de finales de los sesenta, 50 años después no han perdido la validez académica que catapultó a Fiske al parnaso de los grandes teóricos de la comunicación del siglo XX.
Los mitos son, pues, esos elementos culturales dominantes con los que un grupo social intenta explicar unos acontecimientos de la vida, dándole así un estatus de “lo real” que le permite, a su vez, justificar unos hechos. Estos mitos nos dicen que la Policía, por ejemplo, es una institución que tiene como objetivos mantener el orden y velar por el cumplimiento de las leyes. Nos dicen así mismo que los sindicatos son gremios dirigidos por revoltosos de izquierda que tarde o temprano terminarán acabando con las empresas y nada tienen que ver con esas organizaciones que buscan el cumplimiento de los derechos laborales de los trabajadores. Que las guerrillas son solo grupúsculos de bandidos que recorren el país tomándose los pueblos, secuestrando campesinos, reclutando niños y asaltando sexualmente a las niñas, sin dar explicación válida, en ningún momento, de sus orígenes. 
En una guerra, nos recordaba hace un par de años el periodista español Mikel Lejarza Ortiz, lo primero que muere es la verdad, y la mentira se convierte en un arma poderosísima. Ya olvidamos que, en 2001, en la recta final de la campaña por la Casa de Nariño, una serie de atentados terroristas sacudió a las principales ciudades del país. En Barranquilla y su área metropolitana hizo explosión un carrobomba y una carga de pentolita con varios kilos que tenía como objetivo acabar con la vida del entonces candidato Álvaro Uribe Vélez fue desactivada. En Bogotá, varios carros atiborrados de explosivos dejaron una larga estela de sangre; otros fueron desactivados por el grupo de antiexplosivos de la Policía. Lo mismo ocurrió en Medellín, Cali y Neiva, donde la vida del mayor opcionado para llegar a la Presidencia estuvo pendiendo de un hilo.
Todos los vectores apuntaban a la guerrilla de las Farc. Las pesquisas, según la voz oficial, señalaban a los comandos urbanos de las entonces poderosas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y al sanguinario Mono Jojoy. Luego el país se enteró de que en aquellos “actos terroristas” nada tuvo que ver la guerrilla, sino que fue la puesta en escena de unos hechos orquestados desde el corazón mismo de la Policía y el Ejército Nacional. Por supuesto, los medios de comunicación no dudaron en replicar lo que a los ojos de “los colombianos de bien” se constituyó en acontecimientos repudiables desde cualquier ángulo que se le mirase.
Las Farc eran, sin duda, el chivo expiatorio, el caballito de guerra para convertir al país en un campo de batalla donde todas las posibles atrocidades pudieran justificarse en beneficio del bien mayor. El plan era hacer ver a la guerrilla como los malvados del paseo, una horda de bandidos sin corazón, capaces de borrar a Colombia del mapa con el fin de conseguir su anhelada meta: tomarse el poder por la vía armada.
Lo que vino después, cuando Uribe llegó a la Casa de Nariño, nos lo recordaba en
 Cecilia Orozco Tascón
su última columna de El Espectador (09/01/2018) Cecilia Orozco Tascón, fue la compra de periodistas de prestigiosos medios para que hicieran el trabajo sucio: crear noticias falsas que le permitieran al Gobierno mostrarse ante los colombianos como una administración que no solo combatía a los desadaptados con mano dura, sino que también estaba guiando al país al desarrollo del siglo XXI. Ese desarrollo incluyó –se ha olvidado-- la entrega de más de 30 empresas nacionales a grupos económicos extranjeros, la “donación” de cientos de millones de dólares a un “grupo de campesinos” a través del programa gubernamental Agro Ingreso Seguro, AIS, y una extensa lista de jóvenes asesinados que luego eran disfrazados y presentados ante los medios como guerrilleros dados de baja en combate.
Desde entonces, nos decía la columnista, el método empleado por el uribismo ha evolucionado de aquellos terroríficos montajes de guerra a la compra de periodistas, pasando por la elaboración de noticias espurias hasta llegar a lo que Orozco ha denominado “fabricación de periodistas” como Gustavo Rugeles, puesto al servicio de personajes como Abelardo de la Espriella, quien, al parecer, lo salvó de ir a la cárcel por destrozarle el rostro a golpes a una antigua compañera sentimental.
Pero más allá de este tejemaneje oscuro, lo que se ha puesto en marcha hoy es la proliferación de páginas webs y portales como El Expediente, dirigido por Rugeles; Los Irreverentes, un dudoso sitio digital comandado desde Miami por otro personaje sumamente polémico y declarado uribista como es Ernesto Yamhure, quien desapareció del panorama social nacional cuando el periódico Un Pasquín develó su estrecha relación con el célebre paramilitar Carlos Castaño, un extraño pero eficiente corrector de estilo que, además, le decía qué temas podía abordar en su columna de El Espectador y cómo podía abogar de manera subrepticia por las AUC.
En este mismo listado de portales digitales afines al creador del Centro Democrático se destacan El Nodo, administrado por Mario Alexander Penagos; Oiga Noticias, del cual se desconoce sus patrocinadores pero que ha creado toda una escuela que ataca sin misericordia y de forma rastrera a todo aquel que exprese una opinión negativa contra el expresidente y senador Uribe. Uno de sus favoritos, a quien, incluso, han tildado de narcotraficante, es a Daniel Coronell, el mejor columnista, de lejos, que tiene Colombia, amenazado innumerables veces de muerte por su posición crítica ante las políticas de la extrema derecha. En la misma línea se destacan Costa Noticias, un portal que, según Lasillavacía, tiene su sede en Valledupar, Debate, dirigido por el consigliere antioqueño y actual senador José Obdulio Gaviria, y una emisora cordobesa llamada 38 grados Montería Radio, muy cercana al destituido senador Bernardo ‘Ñoño‘ Elías y al exgobernador de Córdoba Alejandro José Lyons Muskus, investigado por la justicia por la apropiación de más de 100.000 millones de pesos.

Tampoco debería extrañar que El Telégrafo, un periódico digital creado en la capital cordobesa, y afín a las políticas de Uribe Vélez, tenga como columnista a una “luminaria del derecho” colombiano como Abelardo de la Espriella y a un excandidato presidencial de la talla de Rafael Nieto, quien ratificó en una entrevista las amenazas proferidas, meses atrás, por el exministro Fernando Londoño en una convención del Centro Democrático de “hacer añicos ese papel mal llamado acuerdos de paz” si algunos de los afines a esa colectividad llegaba  a la Casa de Nariño. Gustavo Rugeles, el golpeador de mujeres, hace parte, curiosamente, de ese abanico de opinantes del “destacado” portal monteriano. – Por: Joaquín Robles Zabala – Semana.com - Opinión - 17 – 01 - 2018 - Twitter: @joaquinroblesza - Email: robleszabala@gmail.com - *Magíster en comunicación
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1/10/2018

LEONARDO BOFF: ¿QUE ES LA VERGÜENZA?

Benjamín Franklin (1706-1790) fue editor, refinado intelectual, escritor, pensador, naturalista, inventor, educador y político. Proponía como proyecto de vida un pragmatismo ilustrado, asentado sobre el trabajo, el orden y la vida sencilla y sobria. Fue uno de los padres fundadores de la patria estadounidense y un participante decisivo en la elaboración de la Constitución de 1776. Ese mismo año fue enviado a Francia como embajador. Frecuentaba los salones y era celebrado como sabio hasta el punto de que el propio Voltaire, ya anciano de 84 años, salió a recibirle en la Real Academia.
Cierta tarde, se encontraba en el Café Procope de Saint-Germain-des-Près, cuando irrumpió salón adentro un joven abogado y revolucionario, Georges Danton, diciendo en voz alta para que todos lo oyesen: «El mundo no es más que injusticia y miseria. ¿Dónde están las sanciones?»
dirigiéndose a Franklin le preguntó provocativamente: «Señor Franklin, ¿por detrás de la Declaración de Independencia norteamericana, no hay justicia, ni una fuerza militar que imponga respeto? Franklin serenamente contestó: «Se equivoca, señor Dantón, detrás de la Declaración hay un inestimable y perenne poder: el poder de la vergüenza (the power of shame)».
Es la vergüenza la que reprime el impulso a violar las leyes y frena la voluntad de corrupción. Ya para Aristóteles la vergüenza y el rubor eran indicios inequívocos de la presencia del sentimiento ético. Cuando faltan, todo es posible. La vergüenza pública obligó a Nixon a renunciar a la presidencia. Cada cierto tiempo, vemos a ministros y a ejecutivos importantes teniendo que pedir la dimisión inmediata por actos vergonzosos. En Japón llegan a suicidarse por no soportar la vergüenza pública. Sentir esa vergüenza es tener un límite intraspasable. Violado, la sociedad desprecia a su violador, pues sin límites no se puede convivir.
¿Qué es tener vergüenza? El diccionario Aurelio de la lengua portuguesa lo define así: «tener sentimiento de la propia dignidad; tener pundonor». Es lo que más nos falta en la política, en quienes ostentan poderes públicos, en diputados, senadores, ejecutivos, y tantos otros ladrones y corruptos de cuello blanco. Con el mayor descaro y sin avergonzarse niegan crímenes manifiestos, mienten sin escrúpulos en los interrogatorios y en las entrevistas a los medios de comunicación. Son personas que a fuerza de hacer lo ilícito y de saberse impunes perdieron el sentido de la propia dignidad.
Robar del erario público, asaltar recursos destinados hasta para la merienda escolar o falsificar medicamentos no les ruboriza ni les hace enrojecer. Crimen es la estupidez de quien deja rastro o se deja pillar con las manos en la masa. No les importa, pues saben que saldrán impunes, basta con pagar buenos abogados y presentar recurso sobre recurso, hasta que expire el plazo. Parte de la justicia ha sido montada para facilitar estos recursos y favorecer con el poder a quienes no tienen vergüenza.
Como trasfondo de todo está una cultura que siempre negó dignidad a los indios, a los negros y a los pobres. Les robó su valor ético, porque la mayoría tiene vergüenza y un mínimo de dignidad. Como me decía un amigo que vive de la basura con el que trabajé cerca de veinte años: «lo que más me duele es tener que tragarme la vergüenza y sujetarme a vivir de la basura. Pero no soy un “buscabasuras”, soy un trabajador que con mi trabajo digno consigo alimentar a mi familia». Si nuestros políticos desvergonzados tuviesen el sentido de la dignidad de este trabajador, digna y dignificante sería la política de nuestro país.
Dimos lectura a un artículo del humanista sacerdote católico Leonardo Boff uno de los inspiradores de la Teología de la Liberación. - LEONARDO BOFF - 31 DE AGOSTO DE 2007
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Elecciones en Colombia: Entre la Vieja y la Nueva Política

La percepción negativa de la vieja política ha llevado a la mayoría de los candidatos actuales a intentar deslindarse de la partidocracia.
A la fecha, algunas alianzas se consolidan y otras se mantienen a la espera de las consultas internas que definan los candidatos de movimientos y partidos.
El primer semestre del año 2018 será definitorio para los próximos cuatro años de Colombia y de la región. El 11 de marzo se llevarán a cabo elecciones legislativas, en las que los colombianos elegirán senadores y miembros de la Cámara de Representantes del Congreso, y el 27 de mayo serán las elecciones presidenciales, cuya segunda vuelta –de ser necesaria– sería el 17 de junio.
El complejo escenario social y político que atraviesa Colombia está signado por continuos escándalos de corrupción, las incidencias de los Acuerdos de Paz y el posconflicto, la creciente desconfianza de los colombianos ante los partidos políticos, la pobreza, la salud y el desempleo como los más grandes problemas sociales que aquejan a la mayoría de la población.
Históricamente la carrera presidencial en Colombia ha estado ceñida a muy pocas opciones políticas, ya que las mismas familias y grupos detentan la direccionalidad de los partidos políticos. En las últimas dos décadas han sido protagonistas de alto peso la diada hoy enfrentada Uribe-Santos, ambos miembros de las clases gobernantes del país, continuadores del modelo desarrollado por sus predecesores Gaviria y Pastrana.
La percepción negativa de la vieja política ha llevado a la mayoría de los candidatos actuales a intentar deslindarse de la partidocracia, buscando legitimar sus candidaturas por medio de la recaudación de firmas (más de once candidatos) y agrupándose en torno a movimientos no partidistas. Los partidos tradicionales apuestan a su vez por coaliciones fuertes que ayuden a desagraviar su participación y ofrecer una opción plausible.
De más de una treintena de candidatos presidenciales que se avizoraban en 2017, para enero de 2018 hay al menos catorce candidatos que esperan aún consolidar su candidatura mediante mediciones interpartidistas algunas, coaliciones y alianzas otras, perseverancia y audacia las menos apalancadas por maquinarias o plataformas fuertes.
El reto de la abstención
El principal reto a vencer para todos los candidatos será la abstención. Colombia es, junto con Chile, el país latinoamericano con más abstención en elecciones. En los comicios presidenciales recientes, la abstención en la primera vuelta fue de 59,90 % y en el plebiscito sobre los Acuerdos de Paz de 2016 llegó a 62.60 %.[1] El desprestigio de la vieja política ha convertido en clamor popular la necesidad de cambio, por lo que varias de las candidaturas actuales han hecho del “cambio” su bandera programática. Queda la expectativa de si algunas de las propuestas logran romper efectivamente el cerco histórico de la abstención y remover al electorado colombiano.
Coaliciones vs. programas
A la fecha, algunas alianzas se consolidan y otras se mantienen a la espera de las consultas internas que definan los candidatos de movimientos y partidos. Las coaliciones surgen como estrategia para sumar maquinarias que convenientemente puedan incidir en el número de votantes. Sin tener acuerdos consolidados en cuanto a programas de gobierno se asoman y anuncian alianzas que refuerzan tal o cual candidatura. Es el caso de tres de las colaciones que más protagonismo han tomado en las últimas semanas, encabezadas por los candidatos Sergio Fajardo, Iván Duque y Gustavo Petro, respectivamente. El elemento unificador más resaltante es la posición de los candidatos con respecto a los Acuerdo de Paz, cuestión que ha polarizado la disputa a partir de las opciones del Sí o el No en el plebiscito, pero que no implica necesariamente una propuesta programática al respecto.
La derecha se une
La coalición recién armada por la derecha une al partido uribista Centro Democrático y al Partido Conservador, liderado por Andrés Pastrana. Los tres nombres que se manejan como posibles candidatos son Iván Duque, el ungido por Álvaro Uribe como sucesor, Marta Lucía Ramírez, del Partido Conservador y exministra de Defensa de Uribe, y el exprocurador Alejandro Ordoñez, uno de los más extremistas detractores de los Acuerdos de Paz.[2] La principal propuesta de esta potencial coalición consiste en revertir los Acuerdos de Paz y exonerar del pago de impuestos a los grandes capitales y las multinacionales. Como suele suceder, las opciones de derecha se unen fácilmente en una visión similar de modelo social y económico de país, sin embargo, aunque comparten casi el total de los enunciados hasta ahora hechos sobre el programa de gobierno, el exvicepresidente Germán Vargas Lleras decidió participar por su cuenta.
Vargas Lleras inscribió su candidatura mediante la recaudación de firmas, en un intento de deslindarse de la vieja política apartándose de su partido Cambio Radical, el cual está implicado en procesos por delitos de corrupción y parapolítica.[3] En general, y a pesar del persistente intento de distanciarse del santismo, la propuesta del exvicepresidente se proyecta como la continuación y profundización de las medidas actuales en materia económica y social[4]. Es probable que, de no unirse en una segunda vuelta, Vargas Lleras apoye o sea apoyado por la coalición Uribe-Pastrana.
Centro, izquierda y progresismo
La llamada Coalición Colombia reúne al ex alcalde de Medellín Sergio Fajardo y su movimiento Compromiso Ciudadano con Claudia López de Alianza Verde y Jorge Robledo del Polo Democrático. Estos últimos dieron paso a Sergio Fajardo como candidato presidencial de la coalición quien enarbola un discurso cauteloso bastante cercano al centro cuyo principal eje programático es la lucha contra la corrupción.[5] Una de las propuestas de Fajardo que más ruido ha generado es la de subir la edad de las jubilaciones, alegando que “si las personas viven más tiempo se debe aumentar la edad de las pensiones”.[6]
Gustavo Petro, el exalcalde de Bogotá, quien inscribió su candidatura por firmas a través del movimiento Colombia Humana, busca conformar una coalición de centro izquierda que fortalezca su propuesta. Para las elecciones legislativas anunció la alianza con la también candidata Clara López, de la Alianza Social Independiente (ASI). Aún está por definirse si Petro logrará aliarse con candidatos como Humberto de la Calle del Partido Liberal, quien fuera jefe por parte del actual gobierno de Santos de las negociaciones con las FARC. Petro propone un programa donde el crecimiento vaya de la mano con la equidad y basa su planteamiento en la educación como pilar de la productividad.[7]
El hastío que siente la sociedad colombiana por la vieja política y la creciente deslegitimación de la institucionalidad representada por el gobierno actual, despeja la arena para la participación de candidatos no vinculados a partidos o movimientos tradicionales. Piedad Córdoba es una de ellas. Su candidatura fue inscrita por firmas a través del movimiento Poder Ciudadano y su propuesta programática tiene un claro componente progresista, basado en la reindustrialización, la reforma tributaria “donde los que más tienen paguen más y los que menos tienen no paguen nada” y la inclusión de las mayorías en planes sociales de empleo, educación y salud.[8] Piedad Córdoba ha sido blanco permanente de la estigmatización mediática y política, sin embargo, logró más de un millón de firmas de apoyo en su recorrido por Colombia.[9]
En un documento recientemente publicado[10], la Coalición Colombia de Sergio Fajardo esgrime puntos de encuentro con las propuestas de Gustavo Petro y Piedad Córdoba, sobre todo en lo concerniente a la educación, la salud, el medio ambiente y los derechos de las mujeres como fundamentos estratégicos de una política social para las mayorías. Resta escuchar el desarrollo de estos ejes transformados en propuestas concretas aún poco enunciadas, por lo menos en el caso de Fajardo, para medir si es posible que en una supuesta segunda vuelta puedan encontrar más puntos en común que divergencias y unirse en una misma candidatura.
La FARC y el desafío de la Paz
La gran primicia política en esta contienda es la participación del candidato del ahora partido político FARC (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común), Rodrigo Londoño. Como parte de los Acuerdo de Paz, tendrán cinco curules en las elecciones del Senado y cinco en la Cámara de Representantes. Para las presidenciales Rodrigo Londoño va acompañado de la economista Imelda Daza como candidata a vicepresidente. La propuesta principal del partido FARC es consolidar la paz como escenario de la nueva política, por lo que todas sus energías están puestas en hacer efectivos los acuerdos, de hecho, la primera comunicación de Londoño en 2018 fue para saludar a las fuerzas militares y policiales del Estado en un gesto que busca profundizar la reconciliación.[11] Más allá de los votos que logre el partido FARC, su participación inaugura un época en la política colombiana, que aún debe vencer el fantasma del exterminio de la Unión Patriótica y trabajar la estigmatización de la disidencia en el sentido común colombiano.
A diferencia de otros años, en 2018 el panorama de las candidaturas presidenciales es altamente heterogéneo. La vieja política no parece tener más credibilidad ni legitimidad lo que alienta nuevas propuestas y advierte posibles sorpresas. Las encuestas se superponen, pero no logran atinar proyecciones certeras, el desprestigio de los métodos con los que se llevan a cabo y los intereses que las circundan les restan credibilidad.[12] Todo indica que en Colombia comienza un tiempo de complejización de la política, donde diversos actores surgen y se organizan para disputar el poder político y el modelo de país. - Por: Giordana García Sojo / Celag – Telesur.com - Publicado 5 enero 2018
[1] https://www.elespectador.com/noticias/politica/ademas-del-no-gano-abstencion-fue-mas-alta-los-ultimos-articulo-658178
[2] http://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/yo-no-estoy-excluido-de-ninguna-coalicion-ordonez-166482
[3] Ver: https://www.elespectador.com/opinion/el-historial-criminal-de-cambio-radical-columna-710182
[4] http://www.semana.com/nacion/articulo/german-vargas-lleras-propuestas-economicas-elecciones-2018/547752
[5]http://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/coalicion-colombia-presenta-propuestas-para-candidatura-de-sergio-fajardo-163412
[6] Ver: https://www.youtube.com/watch?v=tpKyrecw9Fc
[7] Ver: https://gustavopetroblog.wordpress.com/
[8] Ver: http://www.poderciudadano.com.co
[9] https://www.lafm.com.co/politica/piedad-cordoba-presento-mas-de-un-millon-de-firmas-para-avalar-su-candidatura-presidencial/
[10] Ver: http://caracol.com.co/radio/2017/12/20/politica/1513783692_985705.html
[11] Ver: https://www.farc-ep.co/comunicado/saludo-a-las-fuerzas-militares-y-de-policia.html
[12] http://www.semana.com/opinion/articulo/columna-opinion-daniel-coronell-por-que-las-encuestas-se-estan-equivocando-tanto/550968

y https://www.telesurtv.net/opinion/Por-que-las-encuestas-no-aciertan-en-America-latina-20171024-0036.html
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11/27/2017

Cinismo de Corruptos, que por desgracia Gobernaron a Colombia

Gabriel Bustamante‏: @bustamantep - El Cinismo Hecho Expresidente
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11/12/2017

Los 11 Elegidos Que Pondrán a Andar la Comisión de la Verdad

Creada por los acuerdos de paz con las Farc, esta entidad tiene la difícil tarea de pasar la página de la violencia sin reabrir ni profundizar heridas.
Una semana antes de lo anunciado, el Comité de Escogencia hizo pública la lista de los elegidos para conformar la Comisión de la Verdad creada por los acuerdos entre el gobierno y las Farc. Se trata de una pieza clave de la compleja arquitectura diseñada para hacer viable el cambio de la lucha armada por la actividad política legal, basada en el principio de verdad, justicia, reparación y no repetición.
Aparte de la fecha de la noticia, el Comité de Escogencia –compuesto por 3 expertos nacionales y 2 colombianos– no sorprendió. En términos generales, mantuvo los criterios con los que ya había llenado las vacantes de la justicia especial para la paz: amplia presencia de la mujer (5 de 11), representatividad regional (hay 5 antioqueños), hojas de vida con vasta experiencia en el campo e inclusión de minorías étnicas. Tampoco hubo diferencia en la preferencia por miembros con trayectoria en la defensa de los derechos humanos, que en ambos casos ha generado críticas en la derecha, que la interpreta como un supuesto sesgo ideológico.
Estaba cantado que el sacerdote jesuita Francisco de Roux saldría elegido y que sería el presidente. Su trabajo en favor de los derechos humanos es ampliamente reconocido. Fue el primer ganador del Premio Nacional de Paz, por su labor con las comunidades del Magdalena Medio, y su personalidad discreta y prudente genera respeto en todos los sectores. El propio expresidente Álvaro Uribe, crítico de los acuerdos con las Farc y del trabajo del Comité de Escogencia de la JEP y de la Comisión de la Verdad, se refirió en forma positiva a su nombramiento en entrevista concedida a RCN Radio.
Junto con De Roux, la comisión quedó conformada por Marta Ruiz, consejera editorial de SEMANA; Saúl Franco Agudelo, médico de la Universidad de Antioquia; María Patricia Tobón, asesora de resguardos indígenas; el español Carlos Beristain, el único extranjero, quien laboró en las Comisiones de la Verdad de Paraguay y Perú; Lucía González, con trabajos en temas de memoria y resolución de conflictos sociales; María Ángela Salazar, vocera de la Mesa Departamental del Conflicto Armado de Antioquia; Carlos Ospina Galvis, exmiembro del Ejército; Alfredo Molano, periodista y escritor; Alejandra Miller, investigadora de la Comisión de la Verdad de las Mujeres Víctimas del Conflicto; y Alejandro Valencia, quien se ha desempeñado en actividades semejantes en Guatemala, Perú y Ecuador.
Es frecuente que los procesos de negociación política para terminar conflictos incluyan un mecanismo de esta naturaleza. Así ha ocurrido en todo el mundo, porque las diferencias sobre la interpretación de la historia de la violencia son una de las causas mismas del enfrentamiento. En consecuencia, construir una narrativa unificada que reúna altos niveles de consenso se considera una condición necesaria para cambiar el curso de la historia. Las víctimas de la guerra, además, no van a ser resarcidas con justicia plena para los victimarios –porque se aplicarán penas reducidas dentro del concepto de justicia transicional–, y la construcción de una verdad compensa esa necesidad. Hay víctimas que prefieren el conocimiento pleno de los hechos sobre la aplicación de la justicia.
Pero satisfacer esos anhelos enfrenta muchos obstáculos. La investigación sobre la verdad es una fórmula para pasar la página, pero también puede reabrir y profundizar heridas. La línea divisoria es delgada. En la era de la posverdad y las manipulaciones políticas de las versiones sobre hechos tan complejos, el trabajo de la comisión tiene que resultar tan efectivo como prudente. Y bajo una polarización como la que ha generado el proceso de paz, se requerirá de mucho rigor y tino para que la exploración a fondo de la realidad del conflicto no exacerbe aún más los ánimos, lo contrario a su naturaleza.
Colombia tiene experiencias en este campo. El informe ¡Basta ya!, emanado de la Ley de Justicia y Paz con la que se desmovilizaron los grupos paramilitares, fue un primer esfuerzo de recopilación de la historia violenta de los últimos años. El hecho de que la comisión de nombramiento, ahora, no haya incluido al historiador Gonzalo Sánchez, quien encabezó su redacción, se ha interpretado como una señal de que la Comisión de la Verdad no debe repetir lo ya hecho. Tampoco se trata de una instancia paralela para el tratamiento judicial de los procesos penales de quienes participaron en el conflicto, de lo cual se hará cargo la JEP.
Análisis: Los desafíos que tendrá que encarar la Comisión de la Verdad

Los propios comisionados recientemente elegidos, bajo la presidencia de Francisco de Roux, tendrán un papel en la definición de su trabajo. Aunque hay parámetros fijados por los acuerdos entre el gobierno y las Farc, la comisión definirá sus procedimientos para conocer la realidad de las regiones y para abrir mecanismos de comunicación con las víctimas de diversos sectores. La tarea, para la que tendrá un plazo de tres años, con seis meses anteriores de preparación, definitivamente no significa encerrarse en un salón para redactar un nuevo informe. Lo único claro es que no será fácil. Por: Semana.com – 11 – 11 – 2017
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